El Cusco Colonial con Peru Inca Trail: Al poco tiempo de entrar en el Cusco, los españoles procedieron al reparto de solares, asignándose en propiedad tanto el conjunto de la ciudad Puma, es decir, el núcleo de carácter sagrado que se levantaba entre los ríos Saphy y Tullumayo, cuanto parte de las zonas de cultivo que se extendían al oeste del primero de estos ríos. Este despojo, como es natural, tuvo enormes implicaciones para la capital incaica.
En lo que se refiere a la arquitectura, la colisión de dos mundos se expresó inicialmente en la edificación de casonas que siguieron los patrones peninsulares, incluidos los techos de teja, pero utilizando los muros perimétricos de las kanchas incaicas. Lo mismo ocurrió con la edificación de las iglesias católicas, que muchas veces se superpusieron a antiguos templos o palacios incaicos, como es el caso del templo y convento de Santo Domingo, erigido sobre el Korikancha; del convento de Santa Catalina, que se alza sobre el Acllawasi o Casa de las Vírgenes del Sol, y del Palacio Arzo- bisbal, que hace lo propio sobre el Palacio de Inca Roca.
La nueva ciudad que poco a poco va surgiendo en las primeras décadas de ocupación española se caracteriza ante todo por la combinación de dos soberbias arquitecturas, la incaica y la española, lo cual distingue al Cusco de cualquier otra ciudad en América.
Otra muestra de esta simbiosis arquitectónica son los así llamados muros de transición; es decir, esos paramentos que a primera vista parecen incaicos, pues están construidos siguiendo las técnicas de edificación prehipánicas, sobre todo en lo referente al labrado de la piedra y al encaje perfecto entre bloque y bloque, pero que fueron levantados ya en tiempo de los españoles y por eso no presentan la inclinación tan característica de los muros incas. Las portadas de algunas casonas, como la de la actual Escuela Regional de Bellas Artes en la calle Marqués, y paramentos como el llamado de las Siete Culebras, en la calle del mismo nombre, son algunas de las expresiones más sobresalientes de esta arquitectura inca colonial.
En cuanto al trazado urbano, sólo en raras ocasiones las manzanas españolas coinciden con las antiguas kanchas incaicas. Las más de las veces lo que ocurre es que una manzana agrupa varias kanchas, con lo cual empiezan a desaparecer las estrechas callejas que separaban a éstas. Con todo, en el Cusco que surge después de la Conquista es posible todavía reconocer algunas huellas de su traza original incaica. Tal es el caso de espacios abiertos, como los de las plazas de Armas y Regocijo, así como de las plazoletas de Limpacpampa Grande, Chico y de Santo Domingo. Es el caso, asimismo, de calles que han conservado en mucho su ancho original y parte de los muros que las flanqueaban, como Loreto, Ahuacpinta, San Agustín, Puma- curco, Romeritos, Cabrakancha y Siete Culebras.
También data de los primeros años de ocupación española la creación de las parroquias de indios en algunos de los barrios periféricos de la antigua capital incaica y que en adelante, junto con los pueblos de San Sebastián y San Jerónimo, albergarían a la población expulsada de la ciudad Puma. Es el caso de las parroquias de San Cristóbal, Santa Ana y San Blas, creadas entre 1559 y 1562 en lo que fueran los barrios incaicos de Kolkampata, Karmenka y Tokokachi, respectivamente. Un poco más tarde, en 1572, se crearon las parroquias de Santiago y del Hospital de Naturales, que también albergan a población mayo- ritariamente indígena.
El Cusco colonial devino una ciudad claramente segregada, en la que el centro estaba ocupado por los conquistadores europeos y sus descendientes criollos y los arrabales, en cambio, por los indios. Con el paso de los siglos, una serie de arcos tangibilizó esta división entre un Cusco criollo y uno indígena. Se trata del arco de Santa Clara, de los recientemente reconstruidos arcos de Santa Ana y San Andrés y del ahora inexistente arco de la Alcabala o Arcopunco, que estaba ubicado en lo que actualmente es la avenida de la Cultura, a la altura de la calle Huayna Cápac.
Una fecha importante en la configuración urbana del Cusco es el 31 de marzo de 1650, cuando un fuerte terremoto sacude la ciudad y la deja prácticamente en ruinas. Iglesias como la Compañía, la Merced, Santa Catalina, San Blas y San Sebastián, así como el seminario San Antonio Abad y el Hospital de Naturales quedaron destruidos, en tanto otras sufrieron serios daños. Un documento de singular importancia para conocer cómo era la ciudad hacia 1650 es un lienzo que se conserva en la Catedral y que es conocido como el panorama de Monroy. El mural que ahora se aprecia en la primera cuadra de la avenida Sol, a la altura de la playa de estacionamiento del Palacio de Justicia, es una recreación de este lienzo.
El período que va de 1650 a 1700 es el de reconstrucción del Cusco y conformación de una nueva imagen urbana, la misma que se ha conservado esencialmente hasta el día de hoy. De hecho, la mayoría de los monumentos arquitectónicos que se aprecian actualmente en la ciudad datan de este período.
El conjunto monumental que surge a raíz del terremoto, sin duda uno de los más valiosos de la América hispana, tiene como componente principal sus edificios religiosos, pero la arquitectura civil que les sirve a éstos de contexto es decir, palacetes y casonas no desmerece en calidad.
Tres obras emblemáticas del arte arquitectónico cusqueño, la Catedral, la Compañía y el convento de la Merced, permiten aquilatar la singularidad e importancia del Cusco colonial. En cuanto a la primera, curiosamente no hay acuerdo entre los especialistas sobre el estilo al que pertenece. Tienen razón por eso quienes consideran que este magnífico edificio resume la historia del primer siglo de arquitectura colonial, tomando en cuenta, además, que las obras se iniciaron en 1560 y se prolonga¬ron, tras sucesivas modificaciones en sus planos, hasta 1668. El interior de la Catedral se caracteriza por sus colosales pro¬porciones y la austera simplicidad de sus pilastras y cornisas. Esta sobriedad de lí¬neas parece ser deudora del clasicismo español de un arquitecto como Juan de Herrera, el autor de El Escorial, pero debe estar influida, asimismo, por la rigurosidad y simpleza de las mejores muestras de arquitectura incaica. Muy distinto es el tratamiento de la puerta principal, que data de la segunda mitad del XVII y es considerada como una singular muestra del barroco cusqueño, pues sobresale no tanto por la profusión decorativa cuanto por una acertada combinación de los órdenes clásicos de la arquitectura. La Catedral, finalmente, no sería lo que es sin la belleza de la andesita incaica de reflejos rojizos utilizada como material de construcción. Por todo esto, hay renombrados especialistas que opinan que esta iglesia es la más admirable del hemisferio occidental. "la Fiesta del Inti Raymi en Cusco"
La Compañía y la Merced, por su parte, son las expresiones más logradas del barroco cusqueño, estilo con el que la arquitectura de la ciudad llega a su cumbre más alta. Para el caso de la primera iglesia, es en su portada primorosamente ornamentada y en la profusión de detalles como columnas, pilastras, hornacinas, nichos, escudetes y cornisas, donde mejor se expresa el estilo mencionado. No menos importantes para la cautivante belleza del conjunto son la esbeltez y acertada proporción de la composición, que tiene el doble de alto que de ancho, y la feliz solución encontrada para las torres, con sus ojos de buey y pilastras que los guarnecen. Justificadamente se ha dicho que en su tiempo la Compañía produjo una revolución en el arte arquitectónico cusqueño, abriendo un rumbo que fue seguido por otras edificaciones. La Merced debe su fama al claustro principal del convento: un trabajo de gran originalidad y belleza por La Escuela Cusqueña de pintura surgida durante la colonia es uno de los fenómenos más originales y valiosos del arte americano en general. Nació de la colisión de dos corrientes poderosas: la tradición artística occidental, por un lado, y el afán de los pintores indios y mestizos de expresar su visión del mundo, por el otro.
Pocos años después de la llegada de los españoles al Cusco se puede rastrear la presencia de pintores europeos en la ciudad, trabajando en lienzos y retablos para la primera Catedral. La intensa actividad desplegada por el pintor italiano Bernardo Bitti marca un primer momento del desarrollo del arte cusqueño.
Este artista, nacido en Camerino en 1548 y miembro de la Compañía de Jesús desde los veinte años, introdujo en el Cusco una de las corrientes en boga en la Europa de entonces, el manierismo, cuyas principales características eran el tratamiento de las figuras de manera un tanto alargada, como en las famosas imágenes de El Greco, con la luz focalizada en ellas y un acento en los primeros pla¬nos en desmedro del paisaje y otros detalles.
Durante sus dos estancias en Cusco, la primera hacia 1583 y la segunda en 1595, Bitti recibió el encargo de hacer el retablo mayor de la iglesia de su orden y pintó algunas obras maestras, como La coronación de la Virgen (actualmente en el Museo de la iglesia de La Merced) y la Virgen del pajarito, en la Catedral, pero sobre todo hizo escuela y dejó numerosos seguidores.
Otro de los grandes exponentes del manierismo cusqueño es el pintor Luis de Riaño, nacido en Lima y discípulo del italiano Angelino Medoro. A decir de José de Mesa y Teresa Gisbert, autores de la más completa historia del arte cusqueño, Riaño se enseñorea en el ambiente artístico local entre 1618 y 1640, dejando, entre otras obras, los murales del templo de Andahuaylillas. En este mismo templo pinta un Arcángel San Miguel y un Bautismo de Cristo. Una Inmaculada concepción suya se conserva en el convento de La Recoleta y otra en un retablo del contraste de las paredes casi rústicas con la opulenta decoración de las columnas.




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