Vivir en Cusco hoy con Peru Inca Trail: En los albores del nuevo milenio, la sociedad cusqueña recuerda al Jano de los antiguos romanos: con un rostro mira al pasado y con el otro al porvenir. Los cusqueños de todos los estratos sociales, en efecto, viven todavía bajo el peso de la tradición, pero al mismo tiempo están enfrentados a una serie de factores que poco a poco están cambiando su manera de ser y de percibir el mundo. En pocas palabras, Cusco es también escenario de ese conflicto entre la tradición y la modernidad tan característico de los tiempos que corren.
Hasta mediados de siglo XX, la sociedad cusqueña vivía encerrada en sí misma, aislada del resto del país y del mundo debido a su mediterraneidad. Era una sociedad prácticamente estratificada en castas, donde los indios de las comunidades o ayllus y los que servían en las haciendas ocupaban el último lugar de la escala social. Los viajeros que llegaban a apreciar las antigüedades incaicas eran pocos y utilizaban sobre todo el ferrocarril de la Peruvian Corporation, que unía diariamente Arequipa, Puno y la Ciudad Imperial.
Una terrible catástrofe natural, el terremoto que asoló la ciudad el 21 de mayo de 1950, fue la clarinada que sacó al Cusco de su letargo. Los enormes daños que había sufrido la antigua capital de los incas despertaron la conciencia tanto del gobierno peruano como de los organismos internacionales sobre la necesidad de un programa de largo aliento para la restauración y conservación de sus monumentos. Uno tras otro se sucedieron, además, diversos proyectos desarrollistas que dieron prioridad a la industria y la agricultura y sólo en segundo lugar contemplaron impulsar el turismo.
Paralelamente, el campo vivía una gran efervescencia y se había convertido en escenario de la lucha de los indios de comunidades y haciendas por las tierras que les fueron arrebatadas a sus ancestros. La Reforma Agraria puesta en marcha en 1969 fue el corolario de estos movimientos campesinos y puso final al sistema de las haciendas y los gamonales. Estos últimos eran los propietarios de grandes extensiones de tierras y se enseñoreaban sobre los indios gracias a que eran los intermediarios del poder político central en los más apartados lugares de la sierra.
Las murallas invisibles que rodeaban al Cusco se habían derrumbado y dos ríos humanos, los migrantes de zonas rurales y los visitantes extranjeros,
irrumpieron en la ciudad, contrariando, como no podía ser de otro modo, a una sociedad que se había acostumbrado a vivir encerrada en sí misma. El cusqueño tradicional culpa a los migrantes del campo del desordenado crecimiento de la ciudad, de la proliferación de vendedores ambulantes, incluso de la falta de limpieza e higiene y de los malos olores de algunas calles. A los turistas, en cambio, les echa en cara el traer costumbres y modos de actuar que son distintos y hasta reñidos con los de los lugareños. Ambas actitudes, en el fondo, son seguramente reflejas, son una defensa contra cambios que se han producido muy rápidamente en las últimas décadas.
irrumpieron en la ciudad, contrariando, como no podía ser de otro modo, a una sociedad que se había acostumbrado a vivir encerrada en sí misma. El cusqueño tradicional culpa a los migrantes del campo del desordenado crecimiento de la ciudad, de la proliferación de vendedores ambulantes, incluso de la falta de limpieza e higiene y de los malos olores de algunas calles. A los turistas, en cambio, les echa en cara el traer costumbres y modos de actuar que son distintos y hasta reñidos con los de los lugareños. Ambas actitudes, en el fondo, son seguramente reflejas, son una defensa contra cambios que se han producido muy rápidamente en las últimas décadas.El cusqueñismo:
Si hay algo que caracteriza a los cusqueños, sobre todo a su clase intelectual, política y artística e incluso a la empresarial, es una profunda identificación con el pasado incaico de la ciudad, que llega incluso a la idealización de lo que fue el Tawantinsuyo. Este sentimiento y el discurso que lo acompaña han sido bautizados como “cusqueñismo” y atraviesan la vida de la ciudad a lo largo de todo el siglo XX. Una de las manifestaciones del cusqueñismo es, por ejemplo, la creación de las fiestas del Cusco, que data de 1944 y que tiene la escenificación del Inti Raymi como su acto central. Obras de ornato de la ciudad realizadas en la última década, como el monumento a Pachacútec, el obelisco del Kuntur Apuchin, el mural y la fuente de la Avenida El Sol, son expresión de lo mismo.
Ciudad “eterna”, “milenaria”, “sagrada”, “ombligo del mundo”, “cuna de la cultura andina”, “Roma de los Andes”, “capital arqueológica de América”, “entraña de la nacionalidad”, “centro solar de la civilización”, son algunos de los epítetos y frases que los intelectuales y artistas cusqueños han acuñado para ensalzar a su ciudad y que quien visita Cusco puede escuchar a cada paso, en los programas de radio o televisión local, en los actos públicos de naturaleza política o cultural o de boca de los guías de turismo.
Pero el cusqueñismo no se agota en la alta valoración del pasado incaico del Cusco y de su belleza monumental. Es también una profunda identificación con sus tradiciones y la fe en que el Cusco, gracias a la devoción de sus pobladores, puede volver a ocupar el prominente lugar que alguna vez tuvo. Otros ingredientes de este sentimiento son el rechazo a lo foráneo y la creencia de que quienes no entienden el valor del Cusco monumental, supuesto caso de los migrantes del campo, son los principales causantes de su deterioro.
La idiosincrasia:
Quizás ese violento choque de dos culturas del que la ciudad fue escenario privilegiado explique un aspecto de la idiosincrasia de los cusqueños que les ha dado fama de personas difíciles de tratar: reservadas y poco afectas a decir y a que les digan las cosas de frente. El hecho es, curiosamente, que los propios cusqueños, como lo muestran algunas investigaciones realizadas en la ciudad, tienen una mala imagen de sus paisanos, a los que consideran egoístas, envidiosos y siempre dispuestos a poner trabas al que sobresale por su esfuerzo y su trabajo. A sus vecinos are- quipeños, por el contrario, el cusqueño los considera solidarios y siempre prestos a darse una mano unos a otros.
Herencia de esa sociedad marcadamente estratificada que subsistió hasta entrados los años setenta es el “choleo”, la margina- ción que sufren las personas que por su apariencia física o su modo de hablar y vestir están cerca del indígena. Si bien las manifestaciones de discriminación por razones étnicas, culturales y raciales se dan en todo el país, al extremo de que el ascenso en la escala social va siempre acompañado de un cambio de identidad, de indio a cholo y de cholo recién a ciudadano peruano, es paradójico que una sociedad que tanto se precia de su pasado incaico margine a quienes, por sus raíces y su cultura, encarnan más directamente ese pasado.
El Cusco tradicional:
Sería erróneo, no obstante, pensar que la cusqueña es una sociedad que esconde conflictos en mayor grado que otras. En todo caso, tal vez fuera así de no ser por el importante papel de cohesión social que juegan las fiestas en poblaciones que, como la cusqueña, tienen una marcada herencia cultural de las civilizaciones andinas prehispánicas. Las fiestas implican, en efecto, un complicado sistema de “cargos” y “jurcas”, el mismo que consiste en la elección, año a año, de las personas que tendrán la responsabilidad de organizar los actos festivos, los “carguyoc” o mayordomos. Estos, a su vez, comprometen la ayuda (“jurcan”) de parientes y amigos, tanto para cubrir algunos de los numerosos gastos como para encargarse de ciertos aspectos del complicado ritual de cada festividad.
Tan importante es la fiesta para los cusqueños que se puede afirmar, sin temor a exagerar, que la vida de la ciudad está pautada por el calendario festivo, que incluye desde las principales celebraciones religiosas, como las de Semana Santa y el Corpus Christi, hasta las relacionadas con la Semana del Cusco, como el desfile cívico y el Inti Raymi, pasando por múltiples otras. Las manifestaciones festivas son también diversas, siendo las más características las procesiones, en el caso de las fiestas religiosas, siempre con el acompañamiento de una banda de músicos o “caperos” y de alguna danza, y los desfiles en el de las civiles, los mismos que incluyen también comparsas de bailarines y carros alegóricos.
Todas estas manifestaciones tienen por escenario los espacios públicos y muchas de ellas la Plaza de armas de la ciudad y las calles céntricas, con la consiguiente perturbación del tráfico vehicular.
El cusqueño, lejos de sentirse molesto por las incomodidades que suscitan las celebraciones que tan frecuentemente alteran el ritmo de vida de su ciudad, disfruta contemplando las procesiones y desfiles, para lo cual suele apostarse con mucha anticipación en las graderías del atrio de la Catedral o bajo los portales de la plaza principal. Por lo demás, para los directamente implicados en la organización de la fiesta, la prolongación de las proce

hike to machu picchu peru inca trail
siones y desfiles son las comidas y bailes que se realizan en espacios públicos, como los atrios de las iglesias, o en las casas de los mayordomos. Es en estas ocasiones que los cusqueños, orgullosos de sus costumbres, se muestran sumamente hospitalarios.
Al margen de los momentos festivos, el cusqueño diferencia bastante las esferas de lo público y lo privado. La vida de la familia transcurre en la casa y los pobladores de la ciudad son por lo general poco dados a abrir las puertas de sus viviendas a personas poco conocidas. Dentro de la casa, por otro lado, son muy marcadas todavía las diferencias de roles entre el varón y la mujer. Esta, con o sin ayuda de una empleada doméstica, tiene la responsabilidad de preparar y servir los alimentos y, en general, de cumplir o velar por el cumplimiento de todas las tareas del hogar. La cocina familiar es un espacio netamente femenino, al que el varón ni siquiera asoma.
Rezago también del Cusco tradicional es la poca presencia de la mujer en la esfera pública. Hay espacios que son prácticamente reservados a los hombres, como los bares y cantinas y los salones de billar. Por lo general, asimismo, el varón tiene una vida social mucho más activa que la mujer, que pasa más tiempo en el espacio doméstico. Es frecuente el caso, incluso, de esposos que rara vez se muestran en lugares públicos con sus esposas. Esto, lejos de llamar la atención, es una norma admitida en la vida de la ciudad.
Las picanterías y las quintas (restaurantes campestres o, por lo menos, con espacios abiertos) son los lugares preferidos por las familias cusqueñas para comer fuera de casa un día domingo o en alguna ocasión especial. Las picanterías y chicherías, numerosísimas en todo el Cusco y fáciles de reconocer por los pendones con flores o, últimamente, plásticos de color rojo que se exhiben en las portadas de las casas que las albergan, son el espacio de socialización por excelencia, sobre todo para los cusqueños de los sectores populares, a lo que contribuyen las mesas y bancos largos que reúnen a los comensales, así no se conozcan entre sí.
No en vano Uriel García, un escritor indigenista cusqueño de la primera mitad del siglo XX, ha aquilatado la importancia de las picanterías llamándolas “cavernas de la nacionalidad”.
El Cusco cosmopolita – Peru Inca Trail:
J
unto a este Cusco tradicional, que conserva modos y costumbres de larga data y que se mantiene al margen del tráfago y velocidad que caracterizan la vida de las ciudades en este nuevo milenio, existe uno moderno, cosmopolita, cuyo rápido ritmo está marcado por la actividad turística. De hecho, la así llamada industria sin chimeneas es la que di- namiza la vida económica de una ciudad enclavada en una región eminentemente agrícola, de economía deprimida y muy mal comunicada todavía con las grandes ciudades de la costa y con el extranjero.
unto a este Cusco tradicional, que conserva modos y costumbres de larga data y que se mantiene al margen del tráfago y velocidad que caracterizan la vida de las ciudades en este nuevo milenio, existe uno moderno, cosmopolita, cuyo rápido ritmo está marcado por la actividad turística. De hecho, la así llamada industria sin chimeneas es la que di- namiza la vida económica de una ciudad enclavada en una región eminentemente agrícola, de economía deprimida y muy mal comunicada todavía con las grandes ciudades de la costa y con el extranjero.
Hoteles y restaurantes, bares y cafés, pubs y discotecas, agencias de viaje y empresas de transporte, tiendas de souvenirs y de implementos fotográficos, minimarkets, librerías, tiendas de discos, cabinas públicas de Internet, galerías de arte; todo esto y mucho más forma el entramado de servicios relacionados con el turismo. Son centenares las personas que trabajan directamente en la actividad y se cuentan por miles las ocupadas de manera indirecta en relación con la producción y servicios destinados al turista, desde los artesanos que tejen prendas de lana de alpaca hasta los niños que vestidos a la usanza indígena posan junto a una llama en las calles ante los muros incaicos.
En doscientos mil se calculan los visitantes extranjeros que llegan anualmente a Cusco. Para una población que apenas sobrepasa los trescientos mil habitantes, esta presencia es muy notoria. De hecho, se podría decir figuradamente que el turista se ha apropiado del centro histórico de la ciudad. Allí donde antes vivía una familia acomodada, ahora funciona un hostal; donde había un zapatero, ahora hay una lavandería rápida; donde estaban los comercios de ropa o abarrotes o pasamanería, ahora hay agencias de turismo, souvenirs, casas de cambio, etc., etc. Son los efectos indeseables de una mala planificación de esta importantísima actividad económica, pero es también el precio que la ciudad debe pagar por la actividad que le da sustento.
En las dos o tres décadas de convivencia con el turista, el cus- queño está cambiando mal que le pese. Los únicos en contactarse durante mucho tiempo fueron los guías y empleados de hoteles y agencias de viaje. Luego siguieron los “bricheros”, especie de^z- golos andinos que enamoran a las extranjeras explotando el interés de éstas por lo indio y por los incas. A los “bricheros” se sumaron las “bricheras”, jóvenes cusqueñas que además de diversión buscan seguramente un trato distinto, más igual, con el varón. Y, con el tiempo, los diversos locales que antes sólo atendían a turistas, desde pubs hasta pizzerías, se fueron llenando de cusqueños de ambos sexos deseosos de departir con los viajeros de todos los puntos del planeta que llegan a su ciudad. Ahora, la pizza se ha convertido en uno de los platos preferidos de la población local.
Es en la vida nocturna donde más se nota el cambio de rostro de la antigua ciudad imperial. Si el Cusco, por los fríos rigurosos que lo castigan la mayor parte del año, dormía antes apenas pasadas las ocho o las nueve de la noche, tiene ahora una agita-
da vida bohemia que se prolonga hasta las madrugadas. Los locales que ofrecen música andina en vivo al filo de la medianoche, y luego lo último del rock mientras haya parroquianos, son los que ponen la nota característica de la noche cusqueña, donde extranjeros y nativos, salvando las barreras idiomáticas y culturales, descubren que son más las cosas que unen a los ciudadanos con distintos pasaportes que las que los separan.
Tal es el Cusco hoy, una ciudad cuyos habitantes se debaten entre la nostalgia por el imperio perdido, muestra de lo cual es el Inti Raymi, y el deseo de reconciliarse con la historia, por más dolorosa que sea, como pareciera ocurrir en la fiesta del Corpus Christi, amalgama de elementos culturales andinos y occidentales. Una ciudad, en suma, que está con un pie en el nuevo milenio, pero que todavía se resiste a levantar el otro de los siglos pasados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario