martes, 19 de agosto de 2014

El Cusco Colonial con Peru Inca Trail

Al poco tiempo de entrar en el Cusco, los españoles procedieron al reparto de solares, asignándose en propiedad tanto el con­junto de la ciudad Puma, es decir, el nú­cleo de carácter sagrado que se levantaba entre los ríos Saphy y Tullumayo, cuanto parte de las zonas de cultivo que se exten­dían al oeste del primero de estos ríos. Es­te despojo, como es natural, tuvo enormes implicaciones para la capital incaica.

En lo que se refiere a la arquitectura, la colisión de dos mundos se expresó ini­cialmente en la edificación de casonas que siguieron los patrones peninsulares, inclui­dos los techos de teja, pero utilizando los muros perimétricos de las kanchas incaicas. Lo mismo ocurrió con la edificación de las iglesias católicas, que muchas veces se su­perpusieron a antiguos templos o palacios incaicos, como es el caso del templo y con­vento de Santo Domingo, erigido sobre el Korikancha; del convento de Santa Cata­lina, que se alza sobre el Acllawasi o Casa de las Vírgenes del Sol, y del Palacio Arzobisbal, que hace lo propio sobre el Palacio de Inca Roca.


La nueva ciudad que poco a poco va sur­giendo en las primeras décadas de ocupa­ción española se caracteriza ante todo por la combinación de dos soberbias arqui­tecturas, la incaica y la española, lo cual distingue al Cusco de cualquier otra ciu­dad en América.

Otra muestra de esta simbiosis arqui­tectónica son los así llamados muros de transición; es decir, esos paramentos que a primera vista parecen incaicos, pues es­tán construidos siguiendo las técnicas de edificación prehipánicas, sobre todo en lo referente al labrado de la piedra y al encaje perfecto entre bloque y bloque, pero que fueron levantados ya en tiem­po de los españoles y por eso no presen­tan la inclinación tan característica de los muros incas. Las portadas de algunas ca­sonas, como la de la actual Escuela Re­gional de Bellas Artes en la calle Marqués, y paramentos como el llamado de las Sie­te Culebras, en la calle del mismo nom­bre, son algunas de las expresiones más sobresalientes de esta arquitectura inca colonial.

En cuanto al trazado urbano, sólo en ra­ras ocasiones las manzanas españolas coin­ciden con las antiguas kanchas incaicas. Las más de las veces lo que ocurre es que una manzana agrupa varias kanchas, con lo cual empiezan a desaparecer las estre­chas callejas que separaban a éstas. Con todo, en el Cusco que surge después de la Conquista es posible todavía reconocer algunas huellas de su traza original incai­ca. Tal es el caso de espacios abiertos, como los de las plazas de Armas y Regocijo, así como de las plazoletas de Limpacpampa Grande, Chico y de Santo Domingo. Es el caso, asimismo, de calles que han con­servado en mucho su ancho original y par­te de los muros que las flanqueaban, como Loreto, Ahuacpinta, San Agustín, Puma- cusco, Romeritos, Cabrakancha y Siete Culebras.


También data de los primeros años de ocupación española la creación de las pa­rroquias de indios en algunos de los barrios periféricos de la antigua capital incaica y que en adelante, junto con los pueblos de San Sebastián y San Jerónimo, albergarían a la población expulsada de la ciudad Puma. Es el caso de las parroquias de San Cris­tóbal, Santa Ana y San Blas, creadas entre 1559 y 1562 en lo que fueran los barrios incaicos de Kolkampata, Karmenka y To- kokachi, respectivamente. Un poco más tarde, en 1572, se crearon las parroquias de Santiago y del Hospital de Naturales, que también albergan a población mayoritariamente indígena.

El Cusco colonial devino una ciudad claramente segregada, en la que el centro estaba ocupado por los conquistadores eu­ropeos y sus descendientes criollos y los arrabales, en cambio, por los indios. Con el paso de los siglos, una serie de arcos tangibilizó esta división entre un Cusco crio­llo y uno indígena. Se trata del arco de Santa Clara, de los recientemente recons­truidos arcos de Santa Ana y San Andrés y del ahora inexistente arco de la Alcaba­la o Arcopunco, que estaba ubicado en lo que actualmente es la avenida de la Cul­tura, a la altura de la calle Huayna Cápac.

Una fecha importante en la configura­ción urbana del Cusco es el 31 de marzo de 1650, cuando un fuerte terremoto sacu­de la ciudad y la deja prácticamente en ruinas. Iglesias como la Compañía, la Mer­ced, Santa Catalina, San Blas y San Sebas­tián, así como el seminario San Antonio Abad y el Hospital de Naturales quedaron destruidos, en tanto otras sufrieron serios daños. Un documento de singular impor­tancia para conocer cómo era la ciudad ha­cia 1650 es un lienzo que se conserva en la Catedral y que es conocido como el pa­norama de Monroy. El mural que ahora se aprecia en la primera cuadra de la ave­nida Sol, a la altura de la playa de esta­cionamiento del Palacio de Justicia, es una recreación de este lienzo.

El período que va de 1650 a 1700 es el de reconstrucción del Cusco y conforma­ción de una nueva imagen urbana, la mis­ma que se ha conservado esencialmente hasta el día de hoy. De hecho, la mayoría de los monumentos arquitectónicos que se aprecian actualmente en la ciudad da­tan de este período.

El conjunto monumental que surge a raíz del terremoto, sin duda uno de los más valiosos de la América hispana, tiene co­mo componente principal sus edificios re­ligiosos, pero la arquitectura civil que les sirve a éstos de contexto —es decir, pa­lacetes y casonas— no desmerece en ca­lidad.

Tres obras emblemáticas del arte arqui­tectónico cusqueño, la Catedral, la Com­pañía y el convento de la Merced, permiten aquilatar la singularidad e importancia del Cusco colonial. En cuanto a la primera, curiosamente no hay acuerdo entre los es­pecialistas sobre el estilo al que pertenece. Tienen razón por eso quienes consideran que este magnífico edificio resume la his­toria del primer siglo de arquitectura co­lonial, tomando en cuenta, además, que las obras se iniciaron en 1560 y se prolonga­ron, tras sucesivas modificaciones en sus planos, hasta 1668. El interior de la Ca­tedral se caracteriza por sus colosales pro­porciones y la austera simplicidad de sus pilastras y cornisas. Esta sobriedad de lí­neas parece ser deudora del clasicismo español de un arquitecto como Juan de He­rrera, el autor de El Escorial, pero debe estar influida, asimismo, por la rigurosidad y simpleza de las mejores muestras de arquitectura incaica. Muy distinto es el tra­tamiento de la puerta principal, que da­ta de la segunda mitad del XVII y es considerada como una singular muestra del barroco cusqueño, pues sobresale no tanto por la profusión decorativa cuanto por una acertada combinación de los ór­denes clásicos de la arquitectura. La Catedral, finalmente, no sería lo que es sin la belleza de la andesita incaica de re­flejos rojizos utilizada como material de construcción. Por todo esto, hay renom­brados especialistas que opinan que esta iglesia es la más admirable del hemisfe­rio occidental.

La Compañía y la Merced, por su parte, son las expresiones más logradas del barro­co cusqueño, estilo con el que la arquitec­tura de la ciudad llega a su cumbre más alta. Para el caso de la primera iglesia, es en su portada primorosamente ornamentada y en la profusión de detalles como columnas, pilastras, hornacinas, nichos, escudetes y cornisas, donde mejor se expresa el estilo mencionado. No menos importantes pa­ra la cautivante belleza del conjunto son la esbeltez y acertada proporción de la com­posición, que tiene el doble de alto que de ancho, y la feliz solución encontrada pa­ra las torres, con sus ojos de buey y pilas­tras que los guarnecen. Justificadamente se ha dicho que en su tiempo la Compañía produjo una revolución en el arte arqui­tectónico cusqueño, abriendo un rumljo que fue seguido por otras edificaciones. La Merced debe su fama al claustro principal del convento: un trabajo de gran origina­lidad y belleza por La Escuela Cusqueña de pintura surgida durante la colonia es uno de los fenómenos más originales y valiosos del arte ameri­cano en general. Nació de la colisión de dos corrientes poderosas: la tradición artística occidental, por un lado, y el afán de los pin­tores indios y mestizos de expresar su vi­sión del mundo, por el otro un city tours Cusco.

Pocos años después de la llegada de los españoles al Cusco se puede rastrear la presencia de pintores europeos en la ciudad, trabajando en lienzos y retablos para la pri­mera Catedral. La intensa actividad des­plegada por el pintor italiano Bernardo Bitti marca un primer momento del de­sarrollo del arte cusqueño.

Este artista, nacido en Camerino en 1548 y miembro de la Compañía de Je­sús desde los veinte años, introdujo en el Cusco una de las corrientes en boga en la Europa de entonces, el manierismo, cu­yas principales características eran el tra­tamiento de las figuras de manera un tanto alargada, como en las famosas imágenes de El Greco, con la luz focalizada en ellas y un acento en los primeros pla­nos en desmedro del paisaje y otros de­talles .


Durante sus dos estancias en Cusco, la primera hacia 1583 y la segunda en 1595, Bitti recibió el encargo de hacer el reta­blo mayor de la iglesia de su orden y pintó algunas obras maestras, como La corona­ción de la Virgen (actualmente en el Mu­seo de la iglesia de La Merced) y la Virgen del pajarito, en la Catedral, pero sobre todo hizo escuela y dejó numerosos se­guidores.

Otro de los grandes exponentes del ma­nierismo cusqueño es el pintor Luis de Riaño, nacido en Lima y discípulo del ita­liano Angelino Medoro. A decir de José de Mesa y Teresa Gisbert, autores de la más completa historia del arte cusqueño, Riaño se enseñorea en el ambiente artís­tico local entre 1618 y 1640, dejando, en­tre otras obras, los murales del templo de Andahuaylillas. En este mismo templo pinta un Arcángel San Miguel y un Bau­tismo de Cristo. Una Inmaculada concepción suya se conserva en el convento de La Recoleta y otra en un retablo del concontraste de las pare­des casi rústicas con la opulenta decoración de las columnas.


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